Él Me Nombró Malala

Jueves, 12 de Noviembre de 2015 | 11:41 am | No hay comentarios

Título original:

He Named Me Malala

Dirigida por:

Davis Guggenheim

Duración:

88 minutos

Año:

2015

Protagonizada por:

Documental

En la vida hay asuntos tan radicalmente trascendentales, que su nivel de importancia los elevan al olimpo. Atreverse a tocarlos y no tocarlos puede suponer la misma falta de respeto; hacerlo puede trivializarlos, no hacerlo puede restarles prioridad. Es en el entremedio donde la labor del documentalista y el crítico colisionan, ya que, mientras el primero debe trabajar para no transformar la película en un reportaje de propaganda, el segundo debe ser capaz de separar por un lado su postura personal, y por el otro la calidad fílmica de la obra. Cuando encima el protagonista es una figura que brilla por sí sola, el camino se torna más pedregoso.

HE NAMED ME MALALA 01La premio Nobel de la Paz, Malala Yousafzai, sufrió un intento de asesinato de parte de los talibanes en su natal Pakistán cuando tenía quince años. El motivo: abogar por los derechos de las niñas a educarse. El documental nos narra esto, su recuperación, su nueva vida en Birmingham, su activismo y su relación con su padre y mentor, Ziauddin.

A Davis Guggenheim le gusta meterse con peces gordos. Reforzando la taquillera campaña ambientalista de Al Gore en “An Inconvenient Truth” (2006) o cuestionando el sistema educacional de Estados Unidos en “Waiting For ‘Superman’” (2010), el cineasta aspira en grande. Esta vez se casa con la historia de Malala, ante la cual nadie con sangre en las venas podría quedar indiferente. Y lo hace con sinceridad y buenas intenciones, estableciendo una relación casi de amigo con la chica, apreciando a su familia, en fin: cuidándola. Hasta dónde este cuidado, no obstante, pasa de ser beneficiario a convertirse en más bien un halo de sobreprotección que coarta la riqueza del personaje.

Cómo hacerle honor a Malala en hora y media, es la pregunta. No existe nada más grande que su causa: la lucha por los derechos humanos. La cinta se propone tamaño desafío, que además es tramposo: hacer justicia no equivale a lamer los pies, sino plantarse firme con una postura que sepa HE NAMED ME MALALA 02darle la seriedad y compromiso que merece sin herramientas pomposas que sólo son redundantes. Entonces, el desafío muta a un dilema en el que quedamos empantanados, porque quizás la admiración es tal, que la tentación de embellecer se transforma en una posibilidad válida, una que el realizador toma exponiéndose al tropiezo. Cuestión de punto de vista, es verdad, pero el tópico es tan inherentemente poderoso, que darle una vuelta empática en lugar de visceral resulta poco provechoso.

Otra interrogante es la arista a subrayar. Si bien el foco apunta al rol que tuvo Ziauddin en su formación, augurando casi místicamente su futuro al bautizarla, también nos enseñan sus otras facetas de adolescente: es traviesa con sus hermanos menores, se estresa cuando tiene exámenes, comparte con sus amigas, mira fotos de hombres guapos en internet. Esto se obtiene con un limpio trabajo fotográfico y, por supuesto, la cercanía que logra el director hacia su vida privada, transmitiendo lo que debe ser el aspecto más logrado del film: las escenas de cotidianidad. Todo este marco de simpatía, no obstante, compuesto por lúdicos momentos y cuñas, ensombrece un poco la médula.

HE NAMED ME MALALA 03Lo que elabora Guggenheim, por tanto, es una bellamente ilustrada radiografía de la muchacha pakistaní con un afán secundario de concientizar respecto a lo que ella promueve, lo que en estricto rigor no es negativo, pero sí es negligente con su propia premisa y malgasta la oportunidad de haber logrado un real impacto. La relación padre e hija se presiente lo bastante inspiradora como para haber abarcado el largometraje entero, y no sólo porque es una expectativa natural considerando el título escogido, sino también siendo él un personaje interesante y carismático al que dan ganas de conocer más. Al final esta línea argumental acaba compitiendo con aquella de la reconstrucción del atentado del que Malala fue víctima, lo que tampoco se profundiza más allá del nivel informativo.

Qué más impactante que el mismo caso per se, en todo caso. La vivencia de Malala, que personifica la de millones de niñas silenciadas en nombre del fundamentalismo religioso, jamás será representada con la altura de miras que merece, debido a que en el mismo ejercicio de la representación se pierde un porcentaje de fidelidad. Como el retrato de una tragedia: dejó de ser tragedia en el instante en que se convirtió en un pedazo de papel. La eterna disociación entre la acción y la representación.

Por María José Álvarez

Enlace corto:

Comentar

Responder