El Bosque de Karadima

Jueves, 23 de Abril de 2015 | 2:24 am | No hay comentarios

Título original:

El Bosque de Karadima

Dirigida por:

Matías Lira

Duración:

100 minutos

Año:

2015

Protagonizada por:

Benjamín Vicuña, Luis Gnecco, Ingrid Isensee, Marcial Tagle, Osvaldo Santoro, Gloria Münchmeyer, Francisco Melo, Pedro Campos, Andrés Reyes, Christian Sève, Ricardo Vergara

10 de agosto de 2013, y se conocen las primeras declaraciones de Fernando Karadima en el marco de la investigación judicial llevada en su contra por abuso sexual de menores. En la oportunidad, el cura decía: “No cometí ilícitos, menos aún sobre menores de edad. Supe de las denuncias que se me hacían a través de un programa de televisión”. El caso del ex sacerdote de “El Bosque” –parroquia ubicada en Providencia, que concentra a feligreses de la clase alta de Santiago y donde se sucedieran los abusos- explotó con fuerza cuando, en abril de 2010, se publicara una serie de acusaciones que lo vinculaban con delitos sexuales, de los que la Iglesia Católica y, esencialmente, el Arzobispo de Santiago en ejercicio, Francisco Javier Errázuriz, estaban en pleno conocimiento. A cinco años de aquello, el asunto se hace película.

EL BOSQUE DE KARADIMA 01En “El Bosque de Karadima” se presenta fundamentalmente la historia de Thomas Leyton (Pedro Campos/Benjamín Vicuña) –personaje basado en James Hamilton, uno de los acusadores del clérigo en la realidad-, un joven que se hace miembro de la parroquia “El Bosque”, lugar donde se orienta en la vocación sacerdotal y del que Karadima (Luis Gnecco) es el admirado e incuestionable líder, tratado incluso de “Santo”. Thomas, herido por la difícil situación familiar que atraviesa, verá en el párroco a una figura deslumbrante, a un mentor natural. Karadima también se fija en él, y rápidamente lo íntegra a su círculo de confianza envistiéndole como su secretario personal. Aprovechando su vulnerabilidad, el cura no tarda en abusar del muchacho, quien sólo después de 20 años sometido, con su esposa Amparo (Ingrid Isensee) de confidente, lo va a poder enfrentar.

Para poder dar forma a este título, su director, Matías Lira, llevó un proceso de investigación que duró tres años. Tiempo que da cuenta de la seriedad de un proyecto que en su resultado global es total y absolutamente convincente. “El Bosque de Karadima” no es una cinta biográfica, como se podría prever; en ella convergen distintas historias que hablan sobre temas que tienen su alcance en el poder como instrumento de manipulación, hasta la desolación transversal de un ciclo vicioso, donde en un trío de personas todas pueden ser el tercero en discordia. Los protagonistas del largometraje –Thomas, Karadima (un aplicado e histriónico Gnecco) y Amparo (personaje inspirado en Verónica Miranda, ex esposa de James Hamilton), que caben dentro de un tratamiento individual muy dedicado, se van sosteniendo mutuamente en un formato pregunta/respuesta que es capaz de mantener la atención sobre el relato en cada pasaje.

EL BOSQUE DE KARADIMA 02Con respecto a lo anterior, el filme va avanzando sobre una estructura clara, sabiéndose comprometido con la verdad y la relevancia que tiene para nuestro país el horror que está contando. El desarrollo de la historia está muy bien puntualizado, siendo exhaustivo cuando corresponde y concreto cuando es necesario. Uno de los muy buenos ejemplos de esto pasa por la arista financiera del caso, poniéndose de relieve el tema de las propiedades y los recursos económicos que manejaba Karadima –fruto de la estrecha relación que mantuvo con la elite más poderosa de Chile en la realidad de los años 80: parroquianos de derecha como Jaime Guzmán o Eliodoro Matte se cuentan entre sus corderos-, sin pesquisar nombres o enrevesadas situaciones. Asimismo, la mención de las “Correcciones fraternas”, fijadas en el abatimiento de Thomas y la potestad del sacerdote antofagastino, manifiestan una visión que encara y no se guarda nada sobre lo que muestra como una Iglesia inquisidora, temible, oscura: una gran demostración –a través de una escena notable- de cómo el séquito y el círculo de hierro de Karadima actuaba casi como una mafia.

Para ir tanteando terreno, la película va pasando mesuradamente por los abusos sexuales que tienen por víctima a Thomas, para después, al borde de lo gráfico y siguiendo con acierto el cambio del personaje (se entiende que el papel esté a cargo de dos actores diferentes para situar la evolución de su figura más allá de lo puramente psicológico), arriesgar por medio de una postura que de conservadora nada tiene, para suerte del espectador más exigente. Primerísimos planos –recurso muy utilizado en las producciones chilenas que se mueven por el drama- dispuestos para representar desamparo en los personajes, y planos largos que esbozan ostentación, se contraponen para graficar EL BOSQUE DE KARADIMA 03el yugo que ejerce el clero sobre muchos de sus fieles. En la misma línea, el uso de montajes paralelos y saltos temporales en el relato, aportan con ritmo a una cinta que, con sus diálogos, expresados en el umbral de lo incómodo, recrean secuencias que son realmente inquietantes, como si todo lo que circunda a la historia fuese ficción.

Tras la resolución de la justicia eclesiástica –siendo esta diferente del estamento legal ordinario, determina con sus propios decretos las penas para miembros de su congregación que cometan delito-, Karadima es declarado culpable de abuso sexual, por lo tanto condenado a una pena de carácter espiritual y a una “vida penitente”, pero que no lo despoja de su condición de sacerdote. El antes llamado “santo” actualmente pasa sus días en el Convento Siervas de Jesús de la Caridad, confinado a la soledad clerical y a la oración. Si bien, “El Bosque de Karadima” repasa sólo una parte de un caso que es complejísimo en todas sus ramificaciones, es muy probable que su existencia vuelva a poner en la coyuntura nacional una causa sobre la que toda una comunidad exige justicia laica y verdadera. Por ahora, el filme dirigido por Matías Lira apunta al espacio donde las producciones cinematográficas no quieren subestimar ni temer a la valoración del público. Y eso es algo que se agradece y se reconoce.

Por Pablo Moya

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