Chicago Boys

Miércoles, 4 de Noviembre de 2015 | 11:51 am | No hay comentarios

Título original:

Chicago Boys

Dirigida por:

Carola Fuentes y Rafael Valdeavellano

Duración:

85 minutos

Año:

2015

Protagonizada por:

Documental

Corría julio de 2011, cuando, en pleno apogeo de las manifestaciones sociales y estudiantiles que ese año movilizaron a millones de personas en el país, Sebastián Piñera, el entonces presidente en ejercicio, se refería a la educación como un “bien de consumo”. Declaraciones desafortunadas acusaban desde el gobierno para justificar estas palabras, sin embargo, más allá del que después sería asumido como un error conceptual, el término no hacía más que reflejar la visión mercantilista que todavía se mantiene en los sectores más conservadores de la política nacional y, por qué no, en el CHICAGO BOYS 01mayor porcentaje de las facciones partidistas que aún perduran en Chile. La herencia capitalista que se forjara en la dictadura encabezada por Augusto Pinochet parece mantener su poder intacto a día de hoy, algo que básicamente se puede atribuir al trabajo que, entre 1970 y 1989, realizaron personajes tan oscuros para nuestra historia reciente como Jaime Guzmán, Enrique Ortúzar, José Piñera (el mayor de los hermanos) o los Chicago Boys.

Respecto a estos últimos se forma el trabajo audiovisual dirigido por la periodista Carola Fuentes –conocida por sus profundas investigaciones para programas del tipo “Contacto” o “Informe Especial”–, junto al también debutante Rafael Valdeavellano. La cinta nos presenta la historia del grupo de jóvenes economistas de la Universidad Católica que fueron becados por la Universidad de Chicago para hacer sus posgrados bajo la tutoría de Milton Friedman, profesor titular de la escuela y uno de los principales precursores del neoliberalismo, el movimiento político-económico que defiende la apertura desregularizada de los mercados y ubica a los privados delante del Estado. De esta manera, y en la voz de sus protagonistas, el documental nos muestra cómo los Chicago Boys tuvieron a su cargo la creación de un modelo económico con las ideas monetaristas de Friedman para apoyar desde aquel flanco al absolutismo tirano de Pinochet.

CHICAGO BOYS 02“Chicago Boys” se constituye como un muy interesante análisis al plantear una instancia para conocer más a fondo una de las aristas fundamentales de la dictadura, siendo aquella la menos explorada en el plano cinematográfico. Dividido en tres capítulos más un epílogo, el registro sostiene una postura que evita la polarización, remitiéndose sólo a los hechos y a las versiones que van entregando los distintos entrevistados, la mayoría de ellos miembros de los primeros contingentes de alumnos enviados a estudiar a Chicago entre fines de los 50 y principios de los 60. Sobre esta estructura, uno de los objetivos pasa por ir destrabando información que posiblemente sea desconocida para el público, como el apunte de que no todos los “Chicago Boys” se alinearon con el absolutismo militar, ni tampoco todos tomaron clases con Milton Friedman, sobresaliendo el caso de Ricardo Ffrench Davis, opositor de la doctrina visceral impulsada por el economista ganador del Nobel. Por otro lugar, también se entregan antecedentes que sindican a José Toribio Merino como el alto mando de la junta que instigó el cambio radical de las políticas económicas.

A pesar de que no se refina demasiado sobre la lectura, el documental logra hacer las pausas necesarias para decir que en Chile se establecieron las condiciones ideales para implementar sin restricciones el programa de Friedman a través de los Chicago Boys, distribuidos estos como células en la enseñanza universitaria o asumiendo derechamente cargos en el régimen de Pinochet. Agustín Edwards, director de El Mercurio, como el cómplice civil decidor en el Golpe de Estado, la CIA financiando a la dictadura misma y también a los estudios de “El Ladrillo” –texto escrito por los Chicago Boys, cuyo contenido refería las pautas del sistema económico neoliberal que se adoptaría– y CHICAGO BOYS 03la visita de Milton Friedman a Chile en marzo de 1975, se afirman como los puntos críticos de un largometraje que pasado su capítulo inaugural, donde el propósito se unge sólo sobre el testimonio protagónico de los involucrados, comienza a ser más analítico en su relato poniendo en contexto la situación de Chile bajo la administración del presidente Salvador Allende o citando el servilismo de los medios de comunicación para la época.

El ánimo inquisidor que el registro adquiere en sus tres cuartos eventualmente logra desencajar a sus entrevistados, lo que conduce a cuñas tan improbables como básicas: “No tengo idea de cuál fue la motivación, me cago en la motivación. Lo importante es que Chile ganó con eso y yo gané con eso” o “La desigualdad es sólo un problema de envidia”. Lo anterior se empareja con la permanente negativa que los economistas argumentan sobre su conocimiento de las violaciones a los derechos humanos cometidas por Pinochet, aun cuando la figura del último despertaba la admiración en ellos, lo que queda manifestado mediante una serie de antiguos videos puestos en el film.

En su propuesta fotográfica, “Chicago Boys” usa una técnica documental indeleble al ir intercalando imágenes de archivo con entrevistas en tiempo real, ocupándose estos espacios como transiciones CHICAGO BOYS 04que por pasajes son más dilatadas de lo necesario, restándose el título minutos para introducir otros temas relacionados con su premisa central, como el desarrollo de la ilegítima Constitución de 1980 creada por el gremialismo o la instauración del modelo de las AFP que hoy día sigue vigente, o quizás hacer un paralelo con “The Shock Doctrine” (2009) de Naomi Klein.

Sea como fuere, y sonando muy acertadamente en el epílogo “Shock” de Ana Tijoux,  “Chicago Boys” se establece como un documento que debiese ser valorado en la proporción de su contribución a la memoria de nuestro país porque, ignorando cualquier arrojo de nacionalismo que tome como verdad lo del jaguar de Latinoamérica o la gran potencia económica de la región, Chile se construye sobre las bases de un patrón mercantil que resguarda a la empresa y no al consumidor, que ahorra en gasto fiscal para colgarse un cartel de licitación en todo el largo de su tierra y que entiende que en la desigualdad se fundamenta cualquier forma de justicia social. En definitiva, tras el brillante del cromado de los edificios de Sanhattan hay más vergüenza que desarrollo.

Por Pablo Moya

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